volvía de clase con la ninfa del agua.
Llegó el momento de la despedida:
nuestros caminos se separaban
mientras ella cogía el segundo tren
y yo caminaba tranquilo hasta casa.
Ya dadas las espaldas, no me pude contener
y volví a darle otro abrazo fuerte
y a decirle cosas dulces como siempre.
Han pasado ya muchos años,
pero aún recuerdo su cara de terror
y las lágrimas que se le escaparon
y como se agitó su respiración.
Hoy volví a ver esa escena,
pero era el chico quien recibía la sorpresa
y no hubo lágrimas ni conmoción.
Me pregunto qué clase de mundo creamos,
qué clase de mundo preservamos,
qué clase de mundo apoyamos,
a veces incluso con nuestro silencio,
cuando las mujeres deben sentir miedo
incluso en los más sencillos
incluso en los más inofensivos
incluso en los más dulces gestos.
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