La nada en tus besos
no es algo ajeno
cuando recuerdo el primero
como un cegador destello
blanco en toda mi mente.
Anoche fue diferente
y me sentí tan pequeño:
como dos lágrimas en el mar,
como dos partículas
de polvo estelar
en la inmensidad del universo.
No sería la vez primera
que mis labios supieran
que algunos besos llegan,
sin que dos se hirieran,
con sabor a sal.
No deberían acabar
nunca noches así:
Aquel abrazo infinito
debió ser el prólogo
a quedarnos dormidos
y no a tenerme que ir.
Hay besos que solo se dan
cuando hay poco de que hablar,
pero hay otros que suelen marcar
ese punto en que suele pasar
que hay poco que decir.
A veces para ser feliz,
y solo por puro contraste,
debe haber cierto llanto.
Pero es cierto mi amor
que a veces es demasiado,
con tantos disgustos ocasionales.
Hay besos a medianoche
cuyo único horizonte
debería ser que no importe
si la luna se esconde
y seguimos aún juntos.
Hay fines del mundo
que son un beso en la frente,
unas manos que no se sueltan
y una vuelta a casa
donde las luces de la carretera
ignoran lo que pasa por mi mente.
Hay besos que son inmortales,
que saben a pasados inalcanzables
que saben a futuros por delante
en los que parece que amarte
será lo único bueno que perdure.
Hay noches de incertidumbre
y alguna mañana será certeza
e incluso también desdicha.
Pero estaré a tu lado,
incluso en las noches infinitas
en las que pernocta la tristeza.
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