Dicen que la vida,
en su crueldad infinita,
propone un problema interesante,
una ambivalencia constante
en la que vivir lo bastante
y ser un villano,
o morir joven y triunfante
como un héroe radiante
típico del cine americano.
Siempre se van los mejores
y mala hierba nunca muere.
La vida, exenta de vidas,
se centra en nuestras acciones
y en lo bondadosas que fuesen.
Y sin una fecha fija de muerte,
día tras día se sucede
la sentencia impía
por definir nuestra bondad.
La bondad es algo hermoso
a la par que arriesgado:
es vivir a veces preocupado
por las necesidades de otros,
por las necedades de otros
que poco les importa
lo mucho que te esfuerzas
lo mucho que los velas
o lo mucho que les aportas
hasta que te apartas.
Crees que aguantas,
crees que no existe el desgaste
pero, ya sea temprano o tarde,
llega y te arrasa.
Te miras al espejo,
ves tus ojeras
y tu ceño fruncido.
Te preguntas el motivo
por el que los sueños
se desvanecen con ligereza.
Preguntas algo sencillo,
un punto de inflexión,
alguna posible indicación
que marque inicio a tu decadencia.
Y casi sin quererlo,
lo encuentras:
una pandemia
y un corazón roto.
Al final, eso era todo
lo que hacía falta
para herir mi alma,
mancillarla,
deshumanizarla.
¿Madurez?
Más bien ponzoña.
Harto de ver que la vida me sabe a poca
y como mis sacrificios
perecen a costa
de los lujos del vecino
que eligió al terror como amigo
y a mí como su peor enemigo.
¿Culpa de la pandemia?
Como excusa no vale ya.
Siempre la misma cantinela:
inmersos en la decadencia
de una sociedad egoísta
donde el abuso de bondad
hizo al corazón mercantilista
y a la amistad utilitarista.
Nuestra pandemia más dura
es otra totalmente distinta
un virus cruel y sin vacuna
y que a menudo se cronifica.
Contagiosa es la avaricia
y no tanto es la bonhomía.
Mundo peligroso
este en el que el querer
es a veces más un negocio
que un placer
y se valora más ser malicioso
que ser alguien de bien.
La vida se hace pesada
con pensamientos tan deprimentes.
Para aliviar mi carga,
salgo a entretenerme
paseando sin ruta planeada.
Crecen en mí versos
de desilusión desmesurada.
Canciones y pensamientos
crean este poema de la nada
mientras pasos inconscientes
me llevan poco a poco a tu casa.
Me percato,
me acerco, te llamo,
paseamos un rato
y te marchas.
Cambiar unas cuantas palabras
es medicina para mi alma
y podré así con mayor calma
empezar otra enfermiza semana.
De vuelta a las ramas
por las que me voy en mi mente,
pienso sonriente
en los últimos versos de este poema
y en la bella moraleja:
que pese a este mundo tan decadente,
aún queda hueco para la esperanza,
aún puede volver a salir el sol
y que aún tengo tu sonrisa enmascarada
que, aun sin verla, me hace creer de nuevo en el amor.