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Vivero de poemas de toda una vida y de las de aquellos que pasaron cerca. Libre de prosa desde el 2012. Antiguamente, Poesías de una Noche de Verano

domingo, 11 de octubre de 2020

Sonrisa enmascarada

Dicen que la vida,
en su crueldad infinita,
propone un problema interesante,
una ambivalencia constante
en la que vivir lo bastante
y ser un villano,
o morir joven y triunfante
como un héroe radiante
típico del cine americano.

Siempre se van los mejores
y mala hierba nunca muere.
La vida, exenta de vidas,
se centra en nuestras acciones
y en lo bondadosas que fuesen.
Y sin una fecha fija de muerte,
día tras día se sucede
la sentencia impía
por definir nuestra bondad.

La bondad es algo hermoso
a la par que arriesgado:
es vivir a veces preocupado
por las necesidades de otros,
por las necedades de otros
que poco les importa
lo mucho que te esfuerzas
lo mucho que los velas
o lo mucho que les aportas
hasta que te apartas.
Crees que aguantas,
crees que no existe el desgaste
pero, ya sea temprano o tarde,
llega y te arrasa.

Te miras al espejo,
ves tus ojeras
y tu ceño fruncido.
Te preguntas el motivo
por el que los sueños
se desvanecen con ligereza.
Preguntas algo sencillo,
un punto de inflexión,
alguna posible indicación
que marque inicio a tu decadencia.

Y casi sin quererlo,
lo encuentras:
una pandemia
y un corazón roto.
Al final, eso era todo
lo que hacía falta
para herir mi alma,
mancillarla,
deshumanizarla.
¿Madurez?
Más bien ponzoña.
Harto de ver que la vida me sabe a poca
y como mis sacrificios
perecen a costa
de los lujos del vecino
que eligió al terror como amigo
y a mí como su peor enemigo.

¿Culpa de la pandemia?
Como excusa no vale ya.
Siempre la misma cantinela:
inmersos en la decadencia
de una sociedad egoísta
donde el abuso de bondad
hizo al corazón mercantilista
y a la amistad utilitarista.
Nuestra pandemia más dura
es otra totalmente distinta
un virus cruel y sin vacuna
y que a menudo se cronifica.
Contagiosa es la avaricia
y no tanto es la bonhomía.
Mundo peligroso
este en el que el querer
es a veces más un negocio
que un placer
y se valora más ser malicioso
que ser alguien de bien.

La vida se hace pesada
con pensamientos tan deprimentes.
Para aliviar mi carga,
salgo a entretenerme
paseando sin ruta planeada.
Crecen en mí versos
de desilusión desmesurada.
Canciones y pensamientos
crean este poema de la nada
mientras pasos inconscientes
me llevan poco a poco a tu casa.

Me percato,
me acerco, te llamo,
paseamos un rato
y te marchas.
Cambiar unas cuantas palabras
es medicina para mi alma
y podré así con mayor calma
empezar otra enfermiza semana.
De vuelta a las ramas
por las que me voy en mi mente,
pienso sonriente
en los últimos versos de este poema
y en la bella moraleja:
que pese a este mundo tan decadente,
aún queda hueco para la esperanza,
aún puede volver a salir el sol
y que aún tengo tu sonrisa enmascarada
que, aun sin verla, me hace creer de nuevo en el amor.

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