Comenzó entonces la partida de ajedrez:
tú a un lado con el corazón blanco
y yo al otro con el corazón deteriorado,
y con miedo a poder perder.
Tus peones avanzaban hacia delante
y yo la misma respuesta te devolví,
pero, cuando no te fijaste,
yo había movido el alfil.
Tus defensas, impasibles, me miraban con asombro,
mientras los peones caían
y mi reina, avanzando desde el fondo,
sobre tu rey se cernía.
Intentaste atacar con los peones,
semillas de esperanza en el tablero,
pero no tuviste más ocasiones:
mi reina acababa de sentenciar el juego.
Mi reina, la poesía, puso tu corazón contra las cuerdas
y entonces te mire a los ojos,
recordando aquellos detalles tan hermosos
que hacen que el amor valga la pena.
Tiré a mi rey, y tiré a todas mis fichas,
tiré el tablero y tiré hasta la mesa,
porque el amor no entiende de estrategia,
porque, esta vez, en tablas quedó la partida.
Te abracé en un intento de para siempre,
y es que de un juego nació la dicha,
porque los estrategas de amor no entienden,
porque, esta vez, ambos ganamos la partida.
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