Los tiempos cambian,
pero antes de ser
trozos de magia
de otras personas,
solía ser ya mago.
Mago natural
como lo era mi mentor.
Empecé con lanzar
hojas a la gente
o agua a mi alrededor.
Poco a poco, el germen
de magia creció en mí.
Nadar nunca fue mi fuerte,
pero los hechizos de agua
los dominé sin sufrir.
Supe cómo tomar el mundo
y llenarlo con mi chispa.
A cada año, mayor el triunfo
de mi mundo de fantasía
sobre el mundo real.
Invoqué fuerzas
que no podía controlar:
la mayor de las tormentas
y toda la inmensa furia
de la madre naturaleza.
El ardor que emanaba
se hizo tan intenso,
que lanzaba llamas
por todos los lugares
de mi cuerpo.
Pero siendo de agua,
y siempre prefiriéndola,
logré la fuerza despiadada
de una ola gigante
en la palma de mi mano.
Volé, crecí hasta lograr
cuatro fuerzas
donde ninguna solía estar:
héroe y mago,
justiciero y villano.
Sin controlar mis pasiones,
proseguí mi viaje.
Encontré nuevos rincones
con la magia más poderosa:
el amor hacia otra persona.
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